El 2 de febrero, el gobierno “bolivariano” de HRCHF celebró sus primeros diez años en el poder. El régimen del nuevo “padre y benefactor de la patria nueva” (slogan de Rafael L. Trujillo dictador dominicano), se ha caracterizado por una intransigencia permanente, una constante siembra de odio, donde la desmedida corrupción y la destrucción de las instituciones públicas se dan la mano. Un régimen que paradójicamente se ha empeñado en la demolición sistemática del aparato productivo público y privado. Lo cierto es que la Venezuela de hoy tiene poco que celebrar de estos dos lustros en los cuales los ingresos de divisas han sido jugosos. Quizás la única iniciativa loable del mandato de Chávez pudo haber sido aquella en el plano social; sin embargo, esta ha devenido en otro desastre cuyo deterioro se manifiesta en una prestación limitada de servicio, en el desabastecimiento de insumos médicos y en una red Mercal que, en locales de aspecto deplorable, cuando no es en plena calle, vende racionadamente muchos de los productos de la cesta básica una vez cada quince días. Son diez años de un régimen autoritario, militarista, que exige total sumisión al líder, intolerante, mal perdedor, mentiroso, soez, que apoya y practica el terrorismo, sin escrúpulos para violar la constitución y burlar la opinión del pueblo. En fin, un gobierno para quien la práctica democrática parece reducirse al llamado a elecciones, que se ufana de respetar una libertad de expresión que en la práctica no existe, puesto que la oposición habla a un interlocutor que no le atiende y que penaliza la disidencia.
La esperanza que una vez despertara en el pueblo HRCHF se desvanece lentamente gracias a que el mismo líder la está matando. El espíritu suicida del gobernante le hace merecedor del apodo “Chacumbele” con el cual le ha bautizado Petkoff.
